Entrada para narrar la ascensión al Grand Paradís, en los Alpes italianos, de 4060 m. de altitud.
Esta salida fue organizada por el muy honorable club Els Collonuts, como base preparatoria para al año siguiente enfrentarse al techo de Europa, el Mont Blanc. La idea era ser capaces nosotros mismos, sin la ayuda o colaboración de nadie, de organizar dicho evento como primera toma de contacto con un alpinismo de categorida. Durante meses estuvimos hablando las cosas, buscando info, organizandolo todo, y tuvimos varios encuentros informales entre nosotros.
El problema fue que, poco a poco, y a medida que se acercaba la fecha, varios miembros del comando fueron saltando. El primero en descartarse casi de buen comienzo fue el Carles. Tal vez porque se veía sin el fondo suficiente, tal vez por circunstancias de su vida, decidió no acudir. En los meses siguientes, Marc, bastante ausente ultimamente, dio baja. Y a poco de acercarse la fecha de la salida, hizo lo mismo el sr. Xavi. Por lo que el equipo quedó reducido a la mínima expresión: el Angle, el Casanovas y un servidor. Un equipo adecuado, porque teníamos al cabecilla organizador (el Ivan) y al experto en asuntos de rescate y cuerdas (yo mismo), los cargos más importantes en dichas expediciones.
El asunto fue que el día de la salida, que al final se hizo con un cochecito del Ivan, quedamos pronto el Ivan y yo en Molins y recogimos al Angle en San Andrés también prontito. Carretera y manta, con las paradas reglamentarias, la idea era ir del tirón hasta Chamonix y cruzar el tunel del Montblanc. Una vez al otro lado, ya en tierras italianas de la Valle de Aosta, había que pasar Cormayeur, coger carretera arriba y dirigirse hacia la zona de Valsavaranche, a un núcleo minúsculo llamado Pont, al cual llegamos a eso del mediodía y nos detuvimos allí a comer unos bocatas y tomar algo en el único bar de la zona. Una vez allí, en una grandísima explanada repleta de coches a la espera, nos equipamos bien y organizamos petates y maletas; había cosas que podían quedarse allí, en el maletero del coche, pues a partir de allí sale el camino que, en un par de horitas o así, te deja en el refugio Vittorio Emmanuelle II. Desde la cota del parking, a unos 1900 metros, hasta los 2735 del refugio, la subida es potente. El terreno es pedregoso y va haciendo potentes zigzags hasta alcanzar dicha cota. La subida fue cómoda, y rápida, una puesta a punto para lo que tenía que venir mañana.
Llegamos al refu a eso de las 7 de la tarde o así, por lo que aún tuvimos tiempo de reconocer el terreno, tomarnos unas cervecitas (birra Moretti, buenísmimas) y preparar las cosas. La cena, como de costumbre en estos sitios, de rancho, pero bastante contundente. Nos encontramos con muchos españoles, y observo que todo el mundo allí va equipadísimo, a la última en todo. Casi todos llevan botacas de altísima montaña La Sportiva (incluido el Casanovas), y yo en cambio llevo las Asolo de media montaña que, aun siendo impermeables, no están preparadas para grampones ni para travesías de tanta nieve.
Nos vamos a dormir pronto, pues al dia siguiente hay que madrugar mucho. La idea es levantarse a las 3 de la mañana para desayunar en el refu, prepararlo todo y comenzar a andar. Hay muchísima gente, por lo que se prevé que al día siguiente haya follón para todo.
Así fue; nos levantamos super pronto, antes que el gabacho tonto que nos tocó en nuestra habitación de cuatro, y preparamos todo. Desayunamos rápido y, en seguida, salimos a fuera a acabar de cuadrarlo todo. La visión al salir del refu es espectacular, de esas inolvidables y que te marcan de por vida: en plena oscuridad, a las 3:45 de la mañana, una hilera de lucecitas marcaba el camino a seguir de forma clarísima y rotunda. La atmósfera estaba clara, sin nubes, por lo que el rastro de luz dejado por todas las cordadas que salían antes que nosotros era imborrable e imposible de no seguir. La visión, ciertamente, era mágica, alucinante, sobretodo en el contexto de dónde estábamos y hacia donde íbamos; tal vez la estampa más bella y emocionante nunca sentida en mi experiencia montañera, aderezada con la sensación de reto brutal por conseguir; un primer 4.000. Visto lo visto, con la cantidad de gente que se nos estaba adelantando, había que mover ficha y tirar palante. En seguida nos organizamos y decidimos salir sin encordar, pese a que varios grupos ya lo estaban haciendo. Muchos otros no, evidentemente. La nieve aún no era omnipresente, pero en cuanto cogieramos el glaciar del Gran Paradiso, habría que hacerlo (la decisión inteligente era hacerlo allí, sin presión de nadie, ni de las cordadas que lleváramos por detrás, ni del clima, ni de nada, pero bueno; error garrafal). La salida era casi coger tanda. Nos metemos entre dos grupos encordados, nosotros sin cuerda, y palante. Era imposible ir más rápido, había una caravana de gente bestial por delante nuestro, por lo que el ritmo impuesto era tirando a bajo y al menos a mi me sirvió para coger el ritmo correctamente. De vez en cuando una cordada de gilipollas adelantaba por algún lateral; debían ser Kilians de estos imbéciles menospreciando a la chusma que tienen el absurdo deseo de hacer lo mismo que ellos. La sensación, ciertamente, no era de alta montaña chunga, rodeados de tanta peña y en unas condiciones tan poco "extremas"...
Pasado el rato, pero, las cosas se fueron poniendo en su sitio. La luz del sol empezó a brotar y a mostrar la realidad tal y como era; del refu para arriba la atmósfera era perfecta pero, por debajo, era imposible ver nada. Un manto bestial de nubes cubría todos los puñeteros alpes. Nosotros, por arriba, podíamos ver las cumbres de nuestro entorno, poco más. El Gran Paradiso, evidentemente, aún no era visible. Sin embargo, la sensación era que la bruma y las nubes iban subiendo rápidamente hacia la zona donde estábamos (mas arriba); algun tipo de efecto Föehn o algo parecido a cuando las nubes se levantan en el Pirineo cuando aprieta el sol por la mañana. El avance de los grupos, además, se había desacordoneado bastante, y la distancia entre grupos se había hecho evidente. Los mas torpes (la gran mayoría) ya estaban bastante por detrás nuestro, por lo que nuestro avance estaba siendo muchísimo más ràpido. El hecho de no encordarnos, supongo, nos dio esa ventaja. A partir del punto en que el glaciar del Gran Paradiso se une con el otro, llamado de Lavecieu o algo así, el camino ya no era una fila india; había terreno para recorrer, y cada cordada escogía su ruta. Supuestamente, esa es una zona donde, habitualmente hay grietas en el glaciar, séracs y otras formaciones habituales de alta montaña. Aquel año, las nevadas brutales habían creado un manto firme y continuo que daba falsa sensación de seguridad. Nosotros fuimos por rutas bastante directas y subiendo bastante a saco. El Ivan Casanovas ya había calentado motores y se puso a tirar como un cabrón a un ritmo potente, lo cual nos dejó al Angle y a mi bastante por detrás. De cuando en cuando, alguno de los grupos que adelantábamos nos hacian gestos o nos gritaban cosas del palo "hay que ir encordado" o así, en italiano o en gabacho, advertencias a las que hicimos caso omiso visto el nulo peligro que, al menos yo, percibí en la ruta. A día de hoy, reconozco que aquella gentuza tenía razón y que debíeramos haber ido encordados pues tal vez la nieve hubiera podido cubrir las grietas del glaciar, pero tal vez pisar sobre dicho manto nos hubiera podido precipitar en una de ellas.
Con esta dinámica, estúpida por nuestra parte, pero que por otro lado nos hizo avanzar rapidísimo (aparejándonos con los Kilians que criticaba yo en el párrafo anterior) nuestro avance rápido nos dejó completamente solos en la parte de la subida chunga a las crestas. El espolón rocoso de arriba del glaciar Lavecieu lo alcanzamos bien, y en ese punto la ruta tenía tanta nieve que la tendencia era ir pegado lo más posible a las formas rocosas, para no hundirse en la nieve (llevabamos los grampones, claro). El Angle y yo recuerdo que, de ven en cuando nos ibamos replegando y hablando. Decidimos ir bastante juntos, ya que estabamos perdiendo al Ivan que, cabezón, tiraba para arriba sin detenerse. En un punto, el Angle y yo incluso hicimos un pequeño break para tomar algunas barritas de esas y beber algo de Aquarius, o agua, o no recuerdo bien. En ese pequeño espolón rocoso donde nos paramos, fuimos conscientes que la bruma y las nubes nos iban a alcanzar, y que ibamos a perder las referencias visuales (desde allí no se veían las palas finales del Gran Paradiso pero si la ruta bastante trazada). Decidimos seguir adelante, aunque el Angle me iba diciendo que iba muy apurado. Yo cada vez tenía al puñetero Ivan más lejos; de cuando en cuando veía que se paraba a esperar, pero el pobre supongo que se ponía nervioso de ver nuestro avance tan lento en ese punto (aunque tan lentos no debíamos ir cuando eramos de los primerísimos del día, pero bueno).
Recuerdo como si fuera ayer mismo el momento en que la nube y la bruma me alcanzó de lleno. Dejé de vislumbrar al Angle por detrás mio en seguida, y, pese a querer seguir avanzando rápido para pillar al Ivan y decirle que se reagrupara con nosotros, me fue imposible alcanzarlo. Su ritmo, siempre tan fuerte, era imposible para mi. El asunto es que, sin darme cuenta, me hallé en mitad del follón, totalmente rodeado por las nubes y con visión cero, sin saber donde tenía ni al uno ni al otro. Cuando fui consciende de dicha reflexión, decidí detenerme. El Ivan estaba perdido, pero el Angle debía ir detrás mio, por lo que si lo esperaba, podríamos subir juntos esa fase. Pararse, con el frío que se giró de golpe, tampoco era opción, y me di cuenta a la que llevaba 5 minutos quieto. Estaba perdiendo el calor corporal obtenido del esfuerzo, y mis manos y pies empezaban a ultracongelarse. Las botas de mierda que llevaba no ayudaban, claro. Con buen tiempo y solete, no problemo. Pero, en el momento en que la temperatura bajó drásticamente, empezé a notar la humedad calada por todas partes. El puñetero pantalón rojo que llevaba era un Trango de estos de montaña seca, nada de impermeable, por lo que mi único punto fuerte era la chaqueta North Face que cumplió con su función. Decidí avanzar muy lentamente, dandole tiempo al Angulo para que, solo que llevara un ritmo medio normal, me pudiera alcanzar. Luego me dijo que en aquel punto estaba con una pájara potente, que estuvo a punto de darse la vuelta varias veces y que su avance fue lentísimo.
Por lo que, de tal modo, los tres fuimos subiendo, cada uno a nuestra puta bola, por separado, en el peor punto de la ruta, la parte alta del glaciar. En algun punto, a mi izquierda me pareció intuir las siluetas famosas de los Gendarmes que son la antesala de la subida final y de la cresta característica del Gran Paradiso. Toda esta ruta la hice con el piloto automático, a una velocidad que me pareció lentísima, aunque nadie me adelantó, ni me crucé con nadie, ni nada. En una montaña repleta de peña, me sentí absolutamente solo. Realmente, estabamos siendo de los primeros en llegar, y todo el gentío venía muy por detrás nuestro, por lo que era imposible que consiguiera ninguna referencia. Dentro del mar de nubes, la única referencia que teníamos eran las pisadas de los anteriores montañeros. Al no haber tormenta ni demasiado viento, eran visibles, y gracias a ello imagino que fuimos esquivando las consiguientes grietas del glaciar. Una puta locura, irresponsable, que no pudimos solucionar hasta que el que estaba en cabeza, el Ivan, decidió detenerse. En algún momento, pasada ya la fase nubosa bestial, llegado al repecho superior de arriba del todo, decidió detenerse a comer algo y a esperarnos. El problema fue que cuando llegué yo, el segundo, el pavo hacía casi 20 minutos que esperaba y, al encontrarlo, estaba tiritando y ultracongelado, casi con hipotermia. Me lo comentó, que llevaba tanto rato parado que se había enfriado y que tenía que moverse. Pero aún faltaba el otro, el Angle, que yo había perdido de vista desde hacía mucho y no sabía si continuaba o se había dado la vuelta. Fatal. Le dije al Ivan que se moviera, que avanzara, pero no quiso (inteligentemente), prefirió el reagrupamiento.
Pasados otros buenos 15-20 minutos, apareció el Angulo, que se había reagrupado con una gente que lo habían alcanzado por detrás. Este grupo nos adelantó allí, en el espolón rocoso que nos quedaba a la derecha y que parecía la antesala de la cresta. Las nubes empezaban a disiparse algo, y ligeramente podíamos vislumbrar la cumbre, lo cual fue una dosis de motivación para un momento en que el único que estaba mas o menos bien era yo: Ivan estaba completamente helado y el Angle cansadísimo. Decidimos detenernos 5 minutos más para comer y beber algo, últimas energías antes del ataque final, y nos pusimos en movimiento. Imagino que el pobre Angle se debió cagar en nosotros, pero no había otra. Otra cordada nos adelantó entonces, mientras comíamos. Y la marabunta debía estar por llegar, no creo que en ese punto les llevaramos demasiada ventaja. Por lo que era moverse sí o sí.
El avance fue lento pero seguro. Esa es una zona donde realmente no hay que encordarse, por lo que tampoco lo hicimos, así que el ascenso completo a la cumbre iba a ser sin cuerdas... En media hora o así (no lo recuerdo exactamente) estábamos a pie de las rocas finales. Yo, que en el collado y los glaciares, especialmente cuando pillaba tramos de subida fuerte, fui bastante apurao y mal, ahora tenía un subidón importante, sobretodo cuando pude avistar vagamente la pedazo de "oreja" de rocas superior tan característica. Ese es el "efecto Frodo en el Monte del Destino" más potente que he sufrido en mi vida. Cuando llegamos a pie de la travesía de rocas final, yo estaba por las nubes (bueno, bastante más por encima). La nubosidad tan grande que había nos quitaba patio, y la sensación de profundidad o vértigo era imposible. Las fotos que tenemos del momento hacen gala de eso, pardiez, son borrosas y horribles, con cero vistas. Cuando tocó abandonar nieve y empezar a pisar roca, decidimos no dejar los grampones y hacer la travesía con los mismos, por un tema de seguridad por si acaso había hielo y tal...
En aquel momento, el Angle sufrió un bajonazo importante y decidió unilateralmente no hacer la travesía final, los ultimos metros hasta la virgen blanca de la cumbre. No hubo manera de convencerlo, y yo mismo le dije que subiría dos veces: una con el Ivan para que él descansara y luego, a la vuelta, otra vez con él. Creo que el asunto que le daba mas yuyu era el patio, las alturas y el puente de roca final con la caída brutal que existe.
Así que el Ivan y yo, conmigo por delante, entramos en la pasarela de roca practicamente horizontal del final. Con los grampies, y sin nadie por delante ni por detrás (cosa rara e imposible en tales lares) cruzamos los pasos finales con tranquilidad; yo con el subidón de mi vida y una renovada fe en la virgen María tras avistarla en la distancia, tan blanca e impoluta. El paso final, el que hay que equipar con cuerdas, lo vi tan fácil que le comenté al Ivan si sacabamos cuerdas o no. El Ivan lo vio igual de fácil y, ayudado tan solo por un par de bagas de anclaje que instalé en las chapas de inicio o final como seguridad, hicimos el paso sin demasiados problemas. La verdad es que la sensación de vacío tampoco la tuvimos pues, con la bruma espesa que había, no se veía demasiado hacia abajo...
Llegamos hasta la mismísima virgen, yo con el subidón más bestia de mi vida, con una sensación de éxito total, nos hicimos las fotos de rigor, en las cuales se aprecia la "suerte" que tuvimos de estar completamente solos y sin las habituales colas y follones que se hacen tanto de ida como de vuelta.
Al regreso, el Angle estaba tiritando y hecho polvo de estar tan quieto. Le insistí para que hiciéramos juntos él y yo la cumbre, que eran apenas 15 minutos desde allí, pero no hubo manera de convencerlo. En aquellos momentos, varias cordadas aparecían por allí, instalándose por los aledaños, preparándose para el ataque final. Por lo que le insistí por última vez: si toda aquella gentuza se nos adelantaba, entonces sí que nos iba a tocar esperar un buen rato... Pero no hubo manera. El Angle estaba rayao, con un bajonazo bestial, y lo más acertado era, entonces, bajar y recuperar fuerzas. A mi, la bajada nunca me cuesta demasiado, por lo tanto no hubo demasiados problemas. En el momento de largarnos, la pedazo de nube que nos invadía había empezado a bajar y todos aquellos que ahora iban hacia la virgen iban a tener unas mejores fotos que nosotros, pardiez. Hay una imagen de un par de grupos en la canal con un cielo azul asomando por encima que me da una rabia cada vez que la veo.... jajajaja
Nosotros, a lo nuestro. Empezamos a bajar y a partir de aquí nos cruzamos con unas cuantas cordadas más. Muchas otras imagino que abandonaron cuando las nubes atacaron la cumbre; otras sencillamente debieron detenerse, pues de bajada nos cruzamos con demasiada gente. No podían ser tan lentos, por Buda. La bajada se llevó a cabo sin demasiados problemas, con una progresiva mejoría del Angle a medida que íbamos rehaciendo camino. Una vez el refugio a la vista, todo parecía ya agua pasada. Al pie del glaciar principal, un helicóptero de salvamento apareció de golpe y se dirigió directamente a la zona de la cumbre, y por allí desapareció del todo. Algo habría sucedido? El clima en la cumbre era ahora buenísimo, un cielo totalmente azul y prácticamente ninguna nube...
Llegados al refugio, nos tocó descansar y recoger bártulos, pues aún nos quedaba la pateada hasta el coche. Así que no nos entretuvimos mucho. Descansamos un poco, comimos algo, y para abajo a toda pastilla. En cuanto estuvimos en el coche, cambio de petates y mochilas, y carretera y manta. La idea era ir hasta Chamonix donde el Casanovas había reservado en una Gite, una especie de albergues raros para montañeros y viajeros, que en este caso quedaba a las afueras del pueblo. Lo primero de todo fue ir allí e instalarnos, conocer a la jefa (una gabacha enorme con mucha pachorra, pero que parecía buena mujer), y allí nos instalamos en la parte de arriba, una sala enorme infestada de literas, en la cual teníamos asignadas las nuestras. Nos duchamos, con la alegre sorpresa de que los vestuarios eran mixtos y una alegre gabacha se paseó por delante mío alegremente con toda su alegría al aire. Un paleto como yo no estaba preparado para ello, ciertamente. En el otro extremo totalmente opuesto, había una peña de motards tipo Hell Angels o algo así instalados por allí, privando birra a tutiplén. Era un lugar pintoresco, ciertamente.
Una vez instalados, decidimos salir a ver Chamonix, a celebrar nuestro éxito allí y a cenar algo en condiciones, pues llevábamos dos días a base de bocadillos y comida de rancho. Chamonix resultó adorable, muy bonita y muy comercial (en algunos casos me recuerda a Andorra), pero más especializado y técnico en asuntos de montaña; hay mil tiendas de material y ropa montañera, pardiez. En una cervecería que tenía buena pinta nos endosamos una jarra de medio litro de Stella Artois (muy buena, por cierto) cada uno. Luego, buscamos un lugar para cenar y resultó difícil, pues había muchísima gente, pero acabamos en una pizzería bastante crema donde me jinqué una pizza buenísima.
Después, nos seguimos paseando por allí y acabamos en una especie de tasca irlandesa o algo así donde estaban dando el partido de la final de Champions, Madrid-Juve (que lamentablemente acabó ganando el puto Madriz), y mi sorpresa fue que la gente de allí iban bastante más a favor del Madrid que de la Juve. La tirria a los italianos, supongo, teniéndolos como los tienen tan cerca (tan solo cruzar el tunel), en especial la ciudad de Turín, no demasiado lejos de allí. Pensaba que los gabachos odiaban a muerte a los españulfos, pero parece que, tal vez, no tanto como a los vecinos más próximos... Desde luego, cuando ganó el Madrid, hubo aplausos, silbidos y cierta celebración.
Finalmente, regresamos a la Gite, nos pusimos a dormir, caímos redondos, y hasta el día siguiente. Tocaba ya poca cosa; recoger, cargar el coche y, eso sí, una nueva vuelta por Chamonix para pillar algún chuvenir para las familias, ya que ayer noche la mayoría de tendetas de estas las pillamos cerradas. A los nenes les compré una libretita y un monederito, y unos chocolates suizos que tenían buena pinta; a la Suli, un pack de cervezas del Montblanc, que habíamos probado cenando y nos pareció muy buena.
Ahora sí, carretera y manta. El regreso fue plácido y sin incidentes destacables, autopistas y carreteras sin masificación, una parada para comer en una area de servicio en Montpeller o así, y llegada a casa a media tarde, a una hora razonable. La experiencia, una vez superada, queda en mi historial montañero y personal como un hito insuperable. Primer cuatromil!!!
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