sábado, 15 de junio de 2019

MONTBLANC '19

De  la tentativa de ascenso al Montblanc perpetrada por la Associació Muntanyenca "Els Collonuts" en junio de 2019 no es posible hacer una simple entradita de blog, hace falta más bien hacer un mini diario y narrar, jornada a jornada, los hechos. Apuntar que dos de sus más ilustres miembros, el sr. Carles Escolà y el muy excelentísimo don José Angulo no se vieron con ánimos, o preparación, o con la disponibilidad suficiente como para enfrentar dicha gesta, hecho que a los restantes nos supo muy mal. He aquí los hechos, narrados desde la distorsionada visión de un servidor:



Jueves, 6 de junio.

 

Mañana de locura. Se supone que dicho día no voy a currar y me quedo en casa a hacer faenita de ordenador, pues hemos fijado las 12h para salir para la France y no vale la pena ir a trabajar fuera. Sin embargo, no me da tiempo a hacer prácticamente nada (tenía mil cosas por facturar, varios presupuestos, papeleos varios…) Pero al final, entre preparar la mochila, el papeo para llevar, buscar todas las cosas que me faltaban, pegarme un duchazo antes de salir, ir al banco y nosequé mas, fui de puto culo.

No encontré de ninguna manera el frontal Black Diamond que la semana antes llevábamos en la concentración furgonetera Volkswagen. Imposible dar con él. Tampoco pude encontrar el arnés Fixe (una virguería de arnés) que mi santa madre me regaló estas navidades. Tuve que cargar con el arnés Black Diamond de mi hermano Adrià que, por aquellas casualidades, aún andaba por mi casa. El mio anterior, Petzl, está destrozadísimo y ya no me fío.

A última hora encontré el mapa 1:25.000 de la zona del Montblanc que compré en Chamonix dos años atrás, cuando hicimos el Grand Paradís, pero me costó rebuscar por toda la casa durante buen rato de la mañana.

Todo a punto; una mochila con ropa y cosillas para el viaje, la otra ya preparada para el ataque final al techo de la Europa Occidental. Mis pedazo de botas Asolo (rígidas de alpinismo), una virguería que compré a precio de ganga en Camp Base, tienda especializada y muy buena de Sant Cugat. En la misma había pillado mis actuales grampones, los Grivel semiautomáticos, una maravilla si los comparo con los anteriores Camp de correas. A última hora, para mi cumpleaños, la Suli me regaló unos pantalones invernales de alpinismo, el punto débil del equipamiento que he llevado siempre a la nieve. También en la mochila van los guantes de nieve nuevitos, la super chaqueta cortavientos-impermeable Mammut (quizás la pieza que mas valoro de toda mi equipación), un plumas Simond del Decathlon aceptable, el piolet y casco Petzl, los bastones Quechua, gafas de ventisca Altus y muchas otras cosillas. Y la pedazo mochila de 45 litros, regalo de la Suli también, el año pasado. Mis compañeros la habían pesado una vez rellenada con todo el equipo, y les daba en torno a 13 kgs. Yo no quise hacerlo, pero en la mía además habían 60 m. de cuerda dinámica Beal de 8 mm. y todo el cacharreo para un posible rescate en grietas de glaciar o en pendientes chungas (mosquetones, poleas, un par de tiblocs, cordinos de varias medidas, cinta planta…) La sostengo a mis espaldas y pienso:

“Es imposible subir allí arriba carreteando esto”

A eso de las 12, con puntualidad británica, recibo llamada del muy ilustre Ivan Casanovas. Ya están abajo. Alea jacta est. Ya no hay posibilidad de escaqueo… En el coche, un Peugeot que el Ivan tiene como vehículo de empresa y que al final es el transporte oficial del grupo, están él mismo y el nuevo fichaje del equipo de muntanyerus. El Gregorio, alias Greg, que trabaja a menudo con el Ivan cuando éste va a currar a la Nissan. Nos presentamos, me parece un chavalote majete, cargo mochilas en el maletero, y adelante.

El viaje se nos hace rápido, en seguida estamos en Francia en un área de servicio, donde paramos a comer (los tres hemos decidido llevar fiambreras, y yo me he preparado unos espaguetis con tomate Solís). La ruta de coche es la habitual, hablando de aspectos técnicos del mochileo, de las posibles rutas de subida, problemas que podamos encontrar, etc.

Vamos a riesgo total, pues días antes Marc –ojo avizor de la climatología de la cumbre en las semanas previas a través de internet- ya nos había avisado que la noche de viernes a sábado (la del ataque a la cumbre) daban borrascas y bastante viento. Aun así nuestra decisión había sido tirar para adelante, así que deberíamos asumir las consecuencias de aquello.

 Tras más de nueve horitas de coche contando sus respectivas paradas, llegamos a destino. Esta vez no vamos a Chamonix, sino a un pueblecito disgregado en muchos núcleos llamado St. Gervais, mas en la cara noreste del macizo. Son las 21:30 y aún hay claridad, aunque está oscureciendo por momentos. En un parking habilitado a 1420 m. de altura, hay que dejar los coches y cargar el mochileo hasta el refugio de Fioux, lugar que el Xavi había conseguido localizar y concertar estancia para actuar a modo de base de operaciones. En realidad no es un refugio, es una especie de casa rural que me recuerda a l’Anglada de Malanyeu. Ambiente campestre, poca gente, mucha humedad y, a esas horas, un frío considerable.

Subimos un pedazo de costerón bestial hasta el refugio, ubicado casi 100 metros por encima, a mas de 1500 m. de altura. Cuando llegamos ya casi de noche, la mujer del refugio no nos recibe demasiado bien. Especialmente cuando ve que sólo somos tres. Con gestos y cara de mosqueo nos dice que teníamos que ser 6. “Six, six”, va diciendo. Por lo visto el Xavi le dijo que éramos 6, antes de que el Jose Angulo se retirara del viaje y el Marc dijera que vendría al día siguiente. “Telephone, vous poudré habé telefoné”. Hace el gesto de telefonear, aquel tan antiguo de batir circularmente la mano. Señora, que ya no se llama así…

De los tres que estamos, soy el único que puedo mantener mínima conversación con ella. El Ivan no tiene ni idea de francés, así como el Greg. La mujer no sabe pajolera de inglés. Como lo hacemos? Tengo que repescar aquellas clases de franchuti que hice en el instituto, allá por el 91. Aun así, consigo sacar algunas frases y explicarle a la mujer. En aquel instante, el Xavi llama al Ivan y le dice nosequé. Se ha caído con la moto subiendo la última rampa esta tan empinada hasta el refugio. No es grave, pero la moto pesa mucho y la situación es algo chunga, a las tantas de la noche y con plena oscuridad.

–Ara venim!– le dice el colega. Y ambos dos se van a echarle una mano. Yo decido quedarme a dar la cara, pero el ambiente es hostil. El marido, un viejete con largo mostacho que parece un Obelix ya retirado de aporrear romanos, va dando rodeos por allí con cara de no enterarse nada. Consigo hacerle entender la situación a la mujer; que somos 4, que mañana viene otro, y que el que viene ahora se ha caído con la moto. Aquello pareció ablandar a la mujer, pues no se como, en poco rato, estábamos hablando la mar de cordialmente de Barcelona, Catalunya, de nuestra ascensión al Montblanc y de la ruta a seguir. Me explica que hay mucha nieve, que la cosa está mal y que el tren cremallera que sube al famoso Nid d’Aigle no funciona (cosa que ya sabíamos y que teníamos prevista, pero que igualmente no dejaba de ser un putadón). Entre una cosa y otra, consigo que se ofrezca a llevarnos por una pista forestal hasta el inicio desde la última estación del cremallera, en una zona llamada el pla de Zora, o algo así. Cota 1750 metros. Ostras, pues anda que no hemos ganado, leñe, pienso. La mujer tiene un Jeep atrotinado, pero será suficiente.

Cuando vuelven los otros tres estoy a partir un piñón con la mujer y le ha cambiado el carácter. Ya está liada con la cena, y los recibe bastante mejor. El Xavi, que había estado trabajando un tiempecillo en París, controla el francés perfectamente y acaba de aclarar las cosas, detalles de organización que yo no había ni acabado de entender cuando hablé con ella... Todo en orden.

Cenamos una ensalada bastante buena con salsas de queso y rábanos, un tall de carn a la salsa que no puedo acabarme y un trozo de tarta de arándanos. Luego café. La mujer acaba de concretar lo de mañana. Desayuno a las 5 de la mañana y, si nos damos prisa, nos lleva hasta el pla de Zora ese. Así que nos vamos a dormir prontito en unas literas bastante cómodas donde apenas podemos dormir 4 horitas entre pitos y flautas.

 

Viernes, 7 de junio.

 

Nos levantamos pronto, a las 5, y en seguida nos movilizamos. Cuando bajamos a desayunar a la sala principal, el Ivan y yo estamos mirando por la ventana nosequé y de repente, de entre la oscuridad, aparece el friki del Marc mirando desde fuera, justo al otro lado de la ventana. Nos da un susto de miedo, parece salido de una película de estas de Posesión Infernal o así.

Marc viene a desayunar al refugio de Fioux también. Lo han traído unos amigos suyos de Sant Gervais, donde ha pasado la noche en su casa. Saludos, puesta en común de batallitas y almuerzo rápido. A mi no me entra nada mas que un par de torradas y un poco de zumo de manzana. Pasado este trámite, la mujer nos baja a los coches a por los mochilones de ataque y, de nuevo, nos sube cuesta arriba con el Jeep hasta cota 1750. La carretera tiene unos socavones bestiales y la mujer es una fitipaldi casi peligrosa al volante. En una cuesta con mucho pedregar, el Jeep no tira (cinco tios con mochilotes de 13 kilos cada uno es mucho peso, supongo) y decide dejarnos allí y dar media vuelta. Nos despedimos de ella, a la cual veremos el sábado de nuevo pues le tenemos reservada la noche de sábado previa a la vuelta.

 

Ahí empieza todo. Todo lo chungo. Son las 6 de la mañana. Por delante nuestro tenemos la vía del cremallera, actualmente aún no en servicio, por lo cual la mayoría de la gente utiliza su trazado para subir a pie hasta Nid d’Aigle. Pero echar un vistazo a la cuesta que tenemos por delante quita las ganas. Empezamos a subir con la calma, tenemos todo el día para llegar al refugio del Gouter, donde tenemos reserva para pasar la noche.

El pedregar de las vías del cremallera se hace molesto. El Ivan y yo hemos decidido no llevar mas calzado que las botas de alpinismo, las bambas las hemos dejado en el maletero del Peugeot. No se si fue un error, pero si no era mas cargamento a subir durante los mas de 2.000 metros de desnivel que teníamos por delante.

Llegados a un punto, la vía empieza a estar llena de nieve. Falta una semana para que lo pongan en orden, pero veo demasiado trabajo para que en una semana lo puedan tener a punto. No se de la eficiencia gabacha en esos casos pero este currazo, en España, tres semanitas mínimo. El Xavi, que no ha traído casco, observa atentamente una máquina quitanieves parada a mitad de vía. Dentro hay un par de cascos de obra con barbuquejo, podrían servirle. Examino la máquina de arriba a bajo; en Barcelona es habitual dejar las llaves escondidas entre las ruedas de la máquina (o en algún oro lugar recóndito) para el próximo que vuelva a trabajar con ella. Pero esto es Francia, un país mas disciplinado. Se me pasa por la cabeza reventar la ventana, pero lo considero excesivo. Ya nos buscaremos la vida… Con el fresco de la mañana llegamos al Nid d’Aigle, a cota 2.315 m. Son poco pasadas las 8h. Decidimos parar para ponernos los grampones, porque la nieve de allí en adelante ya es omnipresente. Aprovechamos para comer alguna cosilla, pan con fuet, beber algo y prepararnos.

Reemprendemos la marcha. Tenemos un buen desnivel desde allí hasta el refugio de Tete Rousse, parada intermedia obligatoria hasta llegar al nuestro de Gouter. El camino comienza tranquilo, pero en pocos minutos las pendientes de nieve son salvajes. Las palas, brutales, algunas con mas de un 40% de pendiente (al menos es lo que a mi me parece), te hacen ir casi agachado. Es un buen sistema, por otro lado, para minimizar el peso del mochilón en la espalda. Poco a poco voy quedándome atrás en la marcha, en seguida veo que soy el que menos se ha preparado (en cuanto a forma física) de los cinco. Sin embargo mi papel en la expedición es indispensable, soy el único que controla de cuerdas, de sistemas de encordamiento y de rescate. El Ivan como siempre va delante del todo marcando un ritmo fuerte. El Greg mas o menos le sigue, y los otros dos se mueven más a mi ritmo.

Tras interminables palas de nieve a partir de las cuales ya podemos ver el glaciar de Tete Rousse y algunos séracs impresionantes, avistamos ambos refugios, alineados cual conjunción planetaria. El más próximo no me preocupa, pero el Gouter, con su fea silueta redonda, parece inalcanzable. Con bastante dignidad llego al Tete Rousse donde hacemos parada técnica. Nos quitamos botas y grampones y nos ponemos unos crocs de esos de tallas gigantes que siempre tienen en los refus. Pago 5 euros por una lata de Cola y me la fundo en un momento. Como un bocata y guarreo algunas cosas que tienen los compañeros. Un plátano, un par de galletas… Son las 10:30, hemos subido hasta allí bastante más rápido de lo que creíamos o habíamos leído. Ese descanso nos sienta muy bien, pero hay que reemprender.

A eso de las 11 pasadas salimos de nuevo, equipados, para el Gouter. Aquí la gente suele ya encordarse, pero decidimos no hacerlo, no parece haber peligro evidente y creemos que resulta molesto e innecesario, las pendientes no difieren de las que hemos subido. Cogemos el mismo ritmo anterior, yo prefiero quedarme a la cola para no ser obstáculo de los más máquinas. Voy a mi ritmo, que no es malo, pero no llega a la de los ultra traileros estos. Soy un escalador mas que un runner. Y estos en cambio siguen la estela del sr. Jornet. Pienso nuevamente que la preparación para una montaña como esta tiene que ser bastante mejor que lo que yo he hecho los meses previos.

Llegamos al famoso paso de la Bolera. Hace algo de aire, pero el sol es deslumbrante. No parecen haber condiciones malas para pasarlo y, sin embargo, a cada minuto caen tres o cuatro pedrotes, algunos de ellos realmente importantes. La situación es graciosa, nunca había visto un lugar montañero tan curioso. El peligro me parece realmente bajo, no se que tanta tontería tiene la gente con esto. Creo que con cierta anticipación puedes esquivar cualquiera de los pedrolos, siempre que no te caigan varios a la vez, claro. Ir encordado aquí me parece una aberración, así que tras reunión-comité decidimos pasar uno a uno, convenientemente distanciados, para reducir el índice de probabilidad de castañazo. Mi recomendación, mirar arriba lo máximo posible para tener tiempo de anticipación.

Me toca a mí, que paso el último. La situación no me genera ansiedad ninguna, ni miedo, ni siquiera preocupación. Todo lo contrario, me parece en parte divertida. Paso sin ningún tipo de problema esquivando algunos pedrolos, realmente esa mañana la pendiente está muy activa y van cayendo a buen ritmo. El entorno es espectacular. Saliendo del paso de la Bolera, algunos de mis compañeros que ya hacía un rato que habían ido pasando (Ivan, Greg y Marc) me llevaban una buena distancia. Por delante de mí solo puedo ver al Xavi. En estas que oigo algo de jarana y, en seco, veo que algo cae pendiente abajo. Es un guante! Alguien lo ha perdido y resbala a toda velocidad pendiente abajo (45% mínimo de pendiente en aquel tramo). Intento retroceder para alcanzarlo pero me queda lejos. Alargo el piolet en un intento desesperado pero no lo consigo retener. Tampoco puedo hacer movimientos demasiado bruscos en tales palas de nieve. Veo que el susodicho guante se detiene en una mini cornisa de piedra unos 100 m. por debajo de mí. Pienso, “que le den por culo” pero luego los remordimientos me pueden. Y si el que lo ha perdido se congela los dedos mañana? Y si no tenemos recambio ninguno para él? Decido pegar una voz hacia arriba y el guante resulta ser del Marc, que se le ha escurrido de las manos.

Empiezo a bajar al rescate mientras algunos de mis compañeros siguen cuesta arriba. Cuando me estoy acercando a la cornisa, muy cerca otra vez de la Bolera, pienso que para llegar a ella debo arriesgar demasiado. La pala es muuuuy vertical. Decido tallar unos escalones con el piolet, lo que reduce mi avance muchísimo más. Con este sistema consigo alcanzar la cornisa y poder andar con cierta seguridad por algo de piedras. El viento bate cada vez con mas fuerza. Así que cuando estoy apenas a 3 metros del puto guante, una ráfaga potente lo arranca de la cornisa y lo manda de nuevo para la puñetera Bolera. Veo tristemente como cae hacia abajo otros 150 o 200 metros más y se vuelve a detener a mitad de una pala imposible, casi a la altura de la Bolera, pasando de mucho por abajo el camino que cruza ésta. Decido que es imposible recuperarlo, y tengo que volver al camino, pero me he metido en una pendiente muy fuerte y jodida. Desesperación y rabia, y cierto desánimo, me invaden en ese momento. Mi ascenso desde allí hasta el camino considero ahora que fue ciertamente peligroso, aunque en aquel momento tal vez no lo valoré como tal. No se si el mal de altura empezaba a hacer mella en mi o que, pero tuve que remontarme por aquella pala asegurándome a base de clavar y sostenerme del piolet. Tal vez es la ocasión mas clara en la que lo he necesitado a lo largo de mi experiencia alpinística. La máquina funciona perfectamente y los castañazos que le pego a la pendiente son tales que le clavo cuatro o cinco dedos al hielo en cada pioletazo. Esta situación acaba gustándome y me siento como un auténtico alpinista de hielo, la sensación es buenísima, pero el agotamiento que me produce la desventura del guante acabará pasándome factura.

Reemprendido el camino, tras mas y mas palas de nieve, acabamos llegando a la zona de los cables y clavijas. Es una zona de grimpada alucinante donde hay que utilizar manos a menudo, agarrarse al cable equipado o clavar piolet en alguna ocasión. Es un recorrido muy largo, y muy bonito de hacer, nada difícil. Sin embargo yo ando ya al límite, me duele mucho la cabeza y necesito ir parando de vez en cuando para recuperar aire. Extrañamente, no me siento cansado de piernas, pero el corazón no permito que se me acelere demasiado. A la que noto pulsaciones algo más rápidas, me detengo. El altímetro marca 3.700 metros, y el refugio de Gouter está a la vista, a la par que el refugio no guardado más al este. Al pie de este mismo me están esperando el Marc y el Ivan. Ambos han tenido problemas también con la altura, el Ivan dice que los últimos metros ha tenido que ir haciendo paradas cada 15 o 20 pasos. Le veo cara de preocupación, supongo que no está acostumbrado a verse sin fondo en una subida, que es su especialidad. Greg y Xavi han cogido la delantera y hace ya un buen rato que están en el Gouter. Nosotros tres pasamos la cornisa recta que separa el abrigo del refugio y llegamos por fin, a 3.815 metros de altura. Son pasadas las 15h y hemos tardado mucho mas de lo esperado en este último tramo. En mi historial montañero, solo he alcanzado tal altura en el ascenso del Grand Paradís, puntualmente en el momento del ataque. Pero hoy vamos a pasar allí la noche.

Un ibuprofeno me pone la cabeza a sitio, beber agua y descargar el maletón me hace recuperarme mas o menos bien. Por algun momento he llegado a temer estar sufriendo el mal de altura por el terrible dolor de cabeza. Ahora pienso que era simple cansancio por agotamiento; hemos subido 2.400 metros en menos de 9 horas. Esa tarde en el refugio no tengo hambre ninguna. Mis compañeros se toman un café con leche con unos galletones bestiales para merendar; yo no tengo ni hambre ni sed, estoy algo preocupado por mi condición física; si no me recupero pronto, al día siguiente ya veremos si tendré fondo para encarar otros mil metros más hasta la cumbre; y más aún teniendo en cuenta que son mil metros a una cota muy alta, donde la falta de oxígeno se hace ya muy evidente y repercute directamente en el rendimiento. Tomamos posesión de nuestra habitación compartida con otro grupete gabacho, bastante sosos por cierto, descargamos trastos y bajamos al comedor. Allí charlamos con algún guía, hay uno con pinta de curtido montañero que resulta ser de Viella y nos explica algunas cosas de la situación en Gouter en los últimos días.

Nos dice que hace varios días que nadie alcanza cumbre, básicamente por el “torb” bestial que está haciendo. Un viento fortísimo, de entre 80-100 kms/h. azota las cumbres del macizo desde hace casi una semana, y resulta impensable encaramarse en algunos pasos expuestos tales como crestas, pasillos con mucha pendiente, etc. Mi valoración inicial del asunto no es de demasiada preocupación; tiendo a subestimar totalmente el peligro y me parece que se está exagerando un poco. La previsión para el día siguiente no es demasiado buena, tampoco: dan tormenta de noche hasta las 4 o 5 de la mañana. Nuestra hora de salida (y la de todo el mundo allí arriba) ronda las 2:00 o 2:30 de madrugada, para aprovechar el frío de la noche y tener hielo en vez de nieve pastosa en las cumbres. La costumbre y mejor opción SIEMPRE es salir de madrugada, y en este caso se apura al límite. La salida es en negra noche, frontal a tope y frío extremo. Pero todo el mundo parece hacerse la idea que habrá que salir mas tarde. Incluso los guías del refugio proponen retrasar el almuerzo a las 3:00h. No es una buena señal. Hay algunos que de buenas a primeras ya se están planteando ni siquiera salir. Nosotros eso ni lo valoramos. Saldremos un poco mas tarde, a eso de las 3:30h y que sea lo que dios quiera.

La cena se sirve muy pronto, a partir de las 6:30 o 7:00, no recuerdo bien. Pienso que eso ya no es ni horario francés, ni horario alemán, ni australiano. No tengo hambre a esa hora, joder. Una chavalilla bastante majeta y un pinta de perroflauta franchuti sirven las mesas. La chica le ha fantasmeado al Greg que ella subía a cumbre en menos de 2:30h desde Gouter. Éste le ha seguido el rollito y la muchacha nos presta especial atención en el servicio. De primero hay una sopa de verduras anaranjada, deduzco que de zanahoria y calabaza pero no puedo confirmarlo 100%. No está mal, y hasta me sirvo un segundo cucharón. De siguiente plato nos traen arroz blanco por un lado y merluza con verduras por el otro. También es aceptable y puedo llegar a acabármelo todo. De postre un yogur con mermelada de arándanos y no se si alguna cosilla mas. Me quedo bastante bien y por fin recupero fuerzas. Acabamos de comentar la situación, recogemos bártulos y a eso de las 8:00-8:30 ya estamos en la habitación compartida (se llama Nid d’Aigle). Allí me toca una cama alta de la litera, me acuesto con la misma ropa de la caminata anterior y me dejo todo preparado y a mano para recogerlo a primerísima hora del día siguiente. Al final hemos decidido levantarnos a las 2:30 para almorzar recién abierto, a las 3 y poder salir a las 3:30h. Nervios, mucho cansancio, y sueño. Duermo casi del tirón las pocas horas que tenemos.


Sábado, 8 de Junio. 


La mañana siguiente, a las 2:30, suenan despertadores a mansalva en el refugio. Yo ya estoy despierto y no me cuesta demasiado, aunque pienso que a esa hora hay gente en discotecas que todavía ni siquiera ha empezado la fiestuqui y aún tienen toda la noche por delante.Y nosotros ya hemos dormido y despertado. Greg se queda sobao y ninguno de nosotros damos cuenta de ello hasta que no estamos almorzando. Torradas con mantequilla y mermelada, zumo de naranja, alguna pieza de bollería, café… Un pupurri importante que va entrando poco a poco. Yo acabo el primero y en seguida bajo para abajo, donde tenemos las mochilas y el material; hay que preparar todo el material de encordamiento. El Ivan y el Marc han bajado antes a ver el estado del tiempo y la cosa está fatal. Tormenta fuerte, nieve y muuuucho viento, dicen. Los guías han decidido esperar (con la única excepción de un grupo, encabezado por el coleguita de Viella, que han salido a su hora pese a las inclemencias). La mayoría de la gente se asoma, valora la situación y muchos deciden no salir. Lo comentamos con algunos allí, que están desequipándose. “Too much wind”, dicen. Parecen conocer el asunto y no les preocupa demasiado la tormenta, sino el viento. Yo, en cambio, pienso que el problema mas grave es la ventisca, el torb, la nieve azotando. Y la temperatura, claro. Aún no estoy seguro que la equipación que llevo vaya a ser la adecuada para tanto frío. Los guías han dicho que la temperatura que marca el refugio es de -17 grados!!! Y que la temperatura de sensación por el viento podría llegar a ser de -25º. Empiezo a tener serias dudas sobre algunos aspectos de mi equipación. Botas, chaqueta y pantalón no me preocupan. Los guantes? No me fio. Pero hay un punto débil asegurado: las gafas de ventisca.

Empiezo a preparar las cuerdas. Saco mi arnés, me encordo el inicio de cordada con un nudo en 8, recojo en vueltas unos 10 m. de cuerda sobrante y me anclo directamente a mi arnés a través de un cordino de 6mm. con un nudo machard. Dejo el resto de cuerda preparado para que se vayan anclando los demás con cordinos y sus respectivos nudos machard. Pienso que ese es el mejor sistema de encordamiento, mas que hacer nudos cerrados a mitad de cuerda (ni ochos ni mariposas), por la movilidad sobre la cuerda que ofrecen los nudos autoblocantes tipo machard o prusik. He decidido hacerlo así y punto. Empiezan a bajar los compañeros y empiezan a equiparse sus arneses. Me aparece el Greg con el arnés montado al revés, el anillo ventral en la espalda. Pienso para dentro de mi “empezamos mal”. Le digo que se lo ponga bien y en estas que me viene el Xavi y me pregunta:

-On tens el meu arnés?

Qué? WTF! Se supone que al final era yo quien debía traerlo? A mi me pareció entender que Marc traería material de todo para los dos, y yo había dado por supuesto que no debía traer nada mas que los equipos colectivos (cuerdas, cordinos, bagas de anclaje, sistemas de rescate…). Vaya movida, pobre chaval, entre unos y otros lo hemos dejado sin equipación. Se está poniendo nervioso (lógico) y lo tranquilizo. Le digo que con bagas de anclaje y cordinos se puede preparar un arnés improvisado. Y eso hago. Con un pedazo de cuerda de 8mm. le trazo unos anillos como perneras (con un nudo tanka), y con otro cordino le hago una vuelta en la cintura. Lo anudo todo entre sí y le hago un punto de anclaje ventral a partir de un 8. De allí sale su mosquetón que lo conectará al machard sobre la cuerda, igual que todos los demás. El chaval se queda conforme y se tranquiliza bastante, la verdad es que la coordinación entre nosotros ha sido mala tirando a pésima. El puto whatsapp ese de mierda. Mala cosa las redes sociales estas, invento infernal donde los haya.

Todos encordados, al final decidimos una distribución sobre la marcha. Una cosa tenemos clara; yo voy delante, como más experto en asuntos de encordamiento y de rescate y tal, y el segundo más preparao irá cerrando la cordada, el Ivan. En medio decido poner al más precario, al Xavi, que va con el arnés improvisado. Así que la cordada al final queda Geni-Marc-Xavi-Greg-Iván.

Cuando vamos a salir, estoy equipando el frontal que el Xavi me ha traído (pobre chaval, él si que ha cumplido con lo que se le pidió) y le faltan pilas. Suerte que tenemos y se las equipamos. Me meto delante, a abrir camino, pero tengo un problema. Y es que tanto el Xavi como yo no tenemos gafas de ventisca de esas de esquí. El Xavi lleva unas de sol de protección normal (wtf!) y yo llevo otras, las Altus, muy buenas, cerradas por los lados y con espuma interior para ajustarse a la cara, totalmente herméticas para que no entre ni luz solar ni ventisca, pero que no son lo mismo que las pantallas faciales de esquí ni mucho menos. Con el cierre que llevo en la cara (casco, capucha de la chaqueta, un buf…) se me entelan a cada momento con la respiración y veo muy poco. Mal asunto para ir en cabeza, pero bueno. Es otro de aquellos momentos en los que pensé que estábamos infravalorando la montaña; no al Montblanc en particular, sino al concepto general de montañismo.

La salida del refugio de Gouter, a casi las 4:00h de la madrugada con la pedazo de tormenta de nieve, el viento infernal y la oscuridad total de la negra noche, es una de las experiencias mas salvajes que he vivido en mi vida, ciertamente. La sensación era casi de desamparo en la intemperie. Apenas dejado atrás unos pocos metros el refugio, las inclemencias del tiempo eran brutales. Ningún grupo ha salido inmediatamente antes que nosotros, todas las cordadas que han osado salir (apenas cinco o seis) lo han hecho bastante antes. No queda rastro de sus trazas, el camino está prácticamente virgen de nuevo debido a la tormenta y, sobretodo, al torb, a cómo se levanta la nieve con el viento. La tarde anterior ni siquiera se nos ocurrió salir a fuera a validar cual era la mejor forma de encarar la arista sobre el Gouter, así que una vez allí fuera tenemos que improvisar. Hay una pala muy derecha que parece subir, pero vemos otro camino que parece encarar volteando un poco más, así que tomamos éste. No se aprecia absolutamente nada por delante. No hay orientación alguna. No vemos siluetas de montañas, no vemos luces de otros frontales que pudieran ir por delante para darnos guía, no hay camino trazado ni pisadas recientes… Ni siquiera mirar hacia atrás sirve: en pocos metros, las luces del Gouter dejan de ser visibles. Estamos en un mar de oscuridad tétrica en todas direcciones, azotados por el viento y la nieve a velocidad casi insoportable. Vamos a ciegas y, en mi caso, casi literalmente. Las gafas me protegen de la ventisca de forma correcta, realmente no me ciega los ojos. Sin embargo, se me entelan en seguida, debido a la respiración forzada, y cada ciertos segundos tengo que abrir esclecha entre casco y gafas para sacar los ojos libremente y mirar de reojo el camino. La luz del frontal me guía un poco, y voy intuyendo por donde parece ir la ruta a seguir. Es una situación bastante tensa, la verdad, todo el peso de la decisión recae sobre el que abre camino. No puedo ni se me ocurre detenerme en cada momento a debatir con los otros, hay que tomar decisiones rápidas en cada momento. Intuir por donde iba el camino. En seguida giramos a la derecha y ganamos altura, estamos encarando la cresta frente al Gouter, aunque el refugio ya ni siquiera podemos verlo, y toda guía o orientación es imposible. Sensaciones es lo que tengo. Parece que allí abajo debe estar el refugio, parece que esta arista el la Agulla du Gouter… El viento azota con mucha fuerza, llegando a arrastrarnos por momentos. La progresión de subida es muy lenta pues, a cada momento, hay que tomar posición en el hielo, clavarse y hacer frente al viento estáticamente, para evitar que te arrastre. Esto pasa con mucha frecuencia y los cambios bruscos y súbitos de dirección del viento juegan malas pasadas. En un momento estoy haciendo fuerza contra la cresta, contra la caída libre, y un brusco cambio de ráfaga me empuja entonces hacia el abismo. Aquí es importante estar concentrado y tener reacción muy rápida. La situación empiezo a valorarla como peligrosa. Hasta ahora, el peligro de perdernos me parecía jodido, evidentemente. Perdidos en tal tormenta, cualquier problema que hubiera, un compañero herido, una torcedura de pie, una congelación puntual de alguien, podría resultar peligroso e incluso fatal si no se toman las decisiones correctas y se consigue regresar a tiempo al refu. Pero mucho más chungo es pensar que en cualquier momento te puedes ir arista para abajo arrastrado por el viento. No creo que esté exagerando cuando digo que aquellos momentos fueron realmente críticos. 

Durante una hora (o incluso algo mas) el avance es el mismo; tormenta de nieve, viento fortísimo y oscuridad total. Cuando salimos de esa primera arista el peligro de despeñarse desaparece, y empezamos a encarar palas verticales de nieve con pendientes muy fuertes. Eliminado el peligro más inminente, que en realidad no llegó a preocuparme tanto como la simple orientación, encaro personalmente un reto peor; las cuestas bestiales que me destrozan ánimo y fuerzas. Yo sigo en cabeza, abriendo vía, y llegado un momento veo que no tengo tanta luz como antes. Cuando nos detenemos, Marc me dice que mi frontal está apagado. Pese a la ultracongelación de manos que llevo, tengo que quitarme guantes (me los meto dentro de la chaqueta para que no se me escurran), me quito el casco y retiro el frontal. Tal vez lo hayamos cerrado mal cuando le hemos puesto las pilas, o no le habíamos hecho el último ajuste de cierre correctamente, la cuestión es que está abierto de par en par. El viento, pienso, eso ha sido el viento. Ha abierto la tapa del frontal y las pilas se estaban casi saliendo. No me lo puedo creer, ajusto bien las pilas, me aseguro de cerrarlo del todo y vuelvo a equiparme. Ahora sí, vuelvo a ver mucho mejor. En cada una de las paradas técnicas, la cordada se reagrupa y ponemos en común las sensaciones. El Ivan, siempre muy echado para adelante, está como intimidado. El Greg no puede hablar. Ambos, al llevar la cara medio descubierta, no pueden articular palabra, tienen los labios congelados y la situación me hubiera hecho gracia en otra situación. En aquel momento, sencillamente alucino de las condiciones extremas que estamos enfrentando. Xavi y yo decimos que tenemos manos y pies al borde de la congelación, y en mi caso concreto siento un dolor fortísimo en ellas. Yo he cometido el error de no ponerme los guantes interiores, y tengo los dedos congelados. Tengo que ir moviendo continuamente las falanges, porque tengo la sensación de que de un momento a otro van a dejar de funcionar. Marc parece ser el que está más entero del equipo, parece lúcido en sus comentarios y animado a seguir para adelante. Los otros no tanto, los veo casi bloqueados. Y servidor llevaba además la presión brutal de abrir camino, que realmente me está agotando mentalmente. Esta situación es de una tensión extrema, tener que estar decidiendo en todo momento por donde encarar una ladera y tener que ir deduciendo por donde se supone que va la traza del camino por el cual vamos a ir todos los demás. Pistas puntuales me lo van dando y, por el momento, no me he equivocado. Reemprendemos, pero el estado de ánimo general es bajo, nadie toma la iniciativa anímica, nadie parece tener claro que vayamos a poder hacer cumbre. En mi caso, si mi estado físico me hubiera acompañado, tal vez hubiera podido hacerlo. No estoy especialmente intimidado por la montaña, tormenta o viento. Pero me noto cansado, no me siento recuperado del día de ayer y voy apurado pese a estar en los compases iniciales de la ascensión. En aquel momento creo que tengo las energías justas como para poder alcanzar cumbre y volver, no mucho más, asunto que me genera inseguridad.

Las palas de nieve se me hacen cuesta arriba. La pendiente en ocasiones es brutal, y mi avance no es demasiado rápido, pienso. Al menos es la sensación que tengo. Lo comento con los compañeros y no parece que puedan ir mucho mejor, pero yo me noto cansado y tengo la sensación de ralentizar al grupo. Sin embargo, en una mini reunión, comento el tema y el quorum general es que debo ser yo quién avance en cabeza, da igual el ritmo. Quizás es la altura, estamos ya a más de 4.000m según el altímetro y aún nos queda mucha faena por hacer. En otros momentos, en cambio, noto que casi voy arrastrando al siguiente de cordada, el Marc, y a ratos me siento como un perro de trineo de esos. Noto que el machard se tensa, tal vez el avance por detrás del Marc tampoco es demasiado rápido. La altura nos está pasando factura, a todos supongo. Poco antes de las 5:00h empiezan a haber algunos destellos de claridad detrás de la tormenta. Empiezan a intuirse siluetas lejanas de montañas y valles, con formas oníricas y extrañas a mi vista, mezcladas con la nieve y el viento. Parece que en breve va a ir amaneciendo. La claridad cada vez se hace más evidente y, pasadas las 5:00 ya podemos incluso apagar frontales. Esta fase tal vez fue la más cómoda de la ascensión, solucionado el problema de la orientación. Llega un momento en que ya podemos distinguir incluso gente por delante nuestro. Parece haber dos grupos separados; unos parece que tiran para adelante, acercándose al Dome du Gouter, totalmente visible delante nuestro, y los otros no. Poco a poco vemos que este otro grupo no se aleja, sino que se nos va acercando. En unos minutos estamos frente a frente, y les preguntamos:

-We turn back, too much windy! – Dicen en un mal inglés. Son un grupo de 4 gabachos que han decidido volver una vez alcanzado el Dome du Gouter, a 4.306m. de altura, la antecima del Montblanc desde esa vía. Desde nuestra perspectiva, aún no alcanzamos a ver la cumbre del Montblanc, vemos el Dome, así que en petit comité ponemos en común lo dicho. Marc y yo, que hemos hablado con los franceses, les explicamos la situación. No han querido hacer la arista de les Bosses por el riesgo extremo del viento. La tormenta ha aminorado, desde que ha salido la luz del día ya no hay precipitación, incluso se está despejando lentamente el cielo, pero la sensación es parecida. Mucho viento y nieve que se levanta a causa de éste. La cara de mis compañeros es un poema. Yo creía que sobretodo el Ivan, que ya tiene sobre sus espaldas un intento fallido de subida al Montblanc, presionarían para seguir avanzando y continuar para adelante, pero lo veo muy parado, casi bloqueado. El Greg ni siquiera puede hablar, no es ni mucho menos el tipo enérgico de ayer. El mas entero me da la sensación que es el Marc de nuevo, que dice, “pugem fins a aquell coll i com a mínim veiem el Montblanc”. Parece que incluso él está asimilando que no vamos a poder hacer cima.

En un rato mas de subida volvemos a cruzarnos con otro grupo y hablamos con ellos. También vienen de vuelta. Estos han llegado al refugio Vallot, pasado el Dome du Gouter, y nos explican que han estado allí esperando un buen rato a ver si el viento aminoraba, pero que se han cansado, que tenían mucho frío y que volvían. Nos dicen que hay un grupo que se ha quedado allí, en la barraca, a la espera. Luego sabremos que son los primeros que salieron, el colega de Viella y su gente. Nosotros, seguimos hacia adelante. Yo ya tengo en mente esa idea, lo que hemos dicho con Marc; subir al collado (que no es collado alguno, es la cumbre del Dome), avistar el Montblanc y hacer reunión para decidir próximos movimientos. Lo mas lógico sería avanzar hasta el Vallot y esperar, pero vistos los ánimos y el estado de mis compañeros (y el mío) no parece que ni siquiera vayamos a hacerlo.

Un tercer grupo se cruza con nosotros. “Too much wind, very dangerous!”, dicen. Les pregunto si el viento es más fuerte arriba que aquí, y me dicen que mucho peor. Que pasada la línea de cumbres y encarada la cresta, la fuerza del viento es mayor y que levanta mucha nieve. Torb, que dicen en la zona de Núria. Pienso que es imposible mayor fuerza, que el viento ya nos está arrastrando ahora. Cada vez más a menudo, debemos detenernos a soportar embates y ráfagas especialmente violentas. Pongo la cabeza contra el viento, me agacho para enfrentarlo con los hombros, y espero a que aminore un poco. Cuando se frena la ráfaga, aun soplando viento muy fuerte, reemprendo el paso. Seguimos avanzando. Las últimas palas hasta llegar al Dome du Gouter son bastante salvajes, unas pendientes muy fuertes que me obligan a detenerme de vez en cuando a recuperar el ritmo cardíaco. El avance es bueno sobre palas, más seguro que sobre crestas o aristas, y en seguida lo alcanzamos. Antes de las 6:00h de la mañana estamos en la cumbre del Dome du Gouter, a 4.306m. de altura. Record histórico para mí y, por lo visto, para todos ellos también (el Ivan había hecho en su anterior intento el Montblanc du Tacul, de 4.248 m.), por lo que para todos es una pequeña satisfacción alcanzar aquel repechón casi plano. Desde allí cambiamos de línea de cumbres y vemos por fin el gigante blanco, el Montblanc, con nuestros propios ojos, y observamos nítidamente el camino a seguir. Un pequeño descenso hasta un collado, un camino encarando las aristas donde se intuye el refugio Vallot y, a partir de este, un flanqueo por crestas nevadas que son las famosas Bosses. Ahí está el peligro, ciertamente. Observando la imagen de la cumbre, ahora ya con un cielo prácticamente despejado y azul, vemos como se levantan clapas de nieve, el torb, de dimensiones brutales. Toda la cima parece envuelta en una nube de nieve, en algunos momentos. Es una imagen preciosa. El viento allí arriba, tal y como nos habían comentado las cordadas anteriores, ha empeorado. Si antes teníamos ráfagas de tal vez 70-80 kms/h, en esos instantes supongo que estarán entorno a 90-100kms/h con toda probabilidad. Aún nos cruzamos con otro grupo que viene de vuelta. Allí detenidos, sobre el Dome, hablamos con ellos. Es precisamente uno de ellos, argentino o uruguayo, quien nos da cuenta de la situación privilegiada en la que estamos, casi accidentalmente. “Esto es el Dome”, dice. Yo ni siquiera era consciente de ello, no tenía estudiada tan a fondo la ruta. Nos dice exactamente lo mismo que todos los otros equipos. Nadie ha podido subir hoy, y seguramente nadie suba. Solo queda el grupo que está en el Vallot, no hay nadie más en la montaña. Es mentira, por detrás nuestro se intuye un grupo, aún más güevón que nosotros, que ha salido tras nuestros pasos. Le llevamos una hora de distancia como mínimo, así que habrán salido a las 5 o así de Gouter.

Una vez en la cumbre, nos hacemos algunas fotos, comentamos la jugada y, por unanimidad aplastante, decidimos volver. No vale la pena llegar al refugio Vallot a esperar, creemos. La cosa no parece que vaya a aminorar. Nadie toma la iniciativa, nadie lleva la contraria, ninguno valora la situación como posible. No se puede subir. Lo tenemos allí delante, a poco más de una hora. Y nuestro avance no ha sido tan malo; hemos hecho la mitad de la altura (de 3.800 a 4.300) en poco menos de 2 horas, lo habitual en circunstancias normales ya es eso, un par de horitas. Y otra hora y media para ascender hasta la cumbre. Que es lo que nos podría quedar en aquellos momentos. Alea jacta est, no queda otra que regresar, con el regustillo amargo de no poder hacer cima pero, al menos en mi caso, con el orgullo de haberlo intentado en circunstancias tan difíciles, de haber vivido una auténtica aventura y haber conseguido una antecima importante como el Dome du Gouter.

En el momento de iniciar marcha atrás se debate de nuevo. La idea inicial era que, en la vuelta, cuesta abajo, el más experto en temas de cordada tiene que ir atrás del todo, por aquello de poder reaccionar y montar instalaciones de rescate en caso de caídas en grietas, etc. Le comento a Ivan que se ponga delante y que el avance sea entonces inverso: Ivan-Greg-Xavi-Marc-Geni. Pero me dice que no lo ve claro, que con su rodilla chunga en una bajada tan pronunciada no se acaba de ver, y la expresión de su cara es extraña. Parece estar sufriendo por algo, no se si es agotamiento, intimidación por las condiciones extremas, o inseguridad respecto a su rodilla. Sea como sea, le digo que no problem, que sigo yo delante, y le traspaso algo del material de rescate a su mochila, por si las moscas. Así que de nuevo me toca ponerme en cabeza de cordada. Esta situación no me resulta tan chunga como la anterior, pues el camino, aunque nuevamente medio borroso, cuesta abajo siempre está mas claro. Además, a plena luz del día no tenía pérdida y sencillamente se trataba de escoger aquellos pasajes menos derechos, con menor riesgo o mas cómodos. Tomo la delantera, y el avance ahora se hace bastante más rápido. El viento, aun así, sigue azotando con la misma intensidad y, en la zona de palas, levanta nubes de nieve y hielo que literalmente te golpean en la cabeza y el cuerpo. En algún caso recibo algún proyectil importante, como si un dios celta nos estuviera lanzando piedras desde las alturas. El avance rápido hacia abajo me hace relajarme, consigue por fin activar mi sistema sanguíneo correctamente y noto que cierto calor recorre dedos de manos y pies, que parecen volver a la vida. El movimiento continuo los está reactivando; está claro que el lento avance de la subida aletargó nuestras fuerzas pero, yo almenos, no tenía capacidad como para imponer un ritmo más fuerte al avance. Vamos tan bien de bajada que incluso llego a plantearme dudas del estilo “tal vez no tendríamos que haber dado la vuelta, tal vez tendríamos que haber ido al Vallot y esperado algo mas…” Todo ello quedará nuevamente clarificado llegados de nuevo a la Agulle de Gouter y las crestas consiguientes.

Encarando de nuevo las aristas con precipicio, comprobamos que lo dicho es cierto, la intensidad del viento es incluso superior y nos deja en una inestabilidad vertical preocupante. En la subida, aun con tormenta, la fuerza del viento no era tan salvaje, y las ráfagas eran menos sorpresivas. Aquí, hay una colisión de corrientes en varias direcciones que te cogía totalmente desprevenido, tal vez por efecto del contraste térmico. En una ocasión, logra hacerme tropezar y piso sobre mi bastón Quechua, que lo parto por la mitad. Lo ato como puedo en la mochila y prosigo el avance solo con el piolet. Cuando tenemos que encaramarnos a la cornisa, la duda me invade. Me detengo un momento a esperar a que aminore un poco una racha fortísima y pienso si podemos atravesar la cornisa desde mas abajo. Imposible. El camino está mas o menos trazado en tanto a que hay una pequeña rampa mas llana por donde parece que se puede andar. El resto es una pala con una pendiente brutal, y un tobogán natural salvaje en caso de caída. Hay que ir por la cornisa sí o sí. Entro en el cambio de vertientes y una ventolada casi logra hacerme caer. Ir sin bastón es una temeridad, por aquello de reequilibrarse algo, pero ahora no quiero entretenerme a sacar el segundo bastón de la mochila. Me aferro al piolet y pienso que, si pasa cualquier cosa, aquello es mi seguro de vida. A mitad de cornisa, nuevas rachas muy violentas. Una de ellas me pilla a contrapié y parece que me quiere lanzar hacia la pala. Hago fuerza contra dirección para detener el viento, cara el precipicio, y en aquel instante una nueva ráfaga contraria me empuja con mucha fuerza para el precipicio. Noto que voy a irme para abajo, así que ni corto ni perezoso salto hacia la pala y me tiro al suelo a la desesperada. Clavo el piolet en el suelo y me detengo, evitando bajar el tobogán a toda velocidad. En esta maniobra, pillo por sorpresa total al segundo de cordada, al Marc, que lleva la cuerda atravesada entre las piernas y se va también al suelo. El tercero, el Xavi, con su arnés manufacturado, se mantiene en pie como un campeón, detiene la caída y todo queda en un susto. Mi maniobra desesperada fue cuestión de segundos, décimas; acción reacción. Con un poco menos de reflejos tal vez me hubiera podido ir cornisa abajo y arrastrar a mis compañeros. 

Con muchísimas mas precauciones salimos de la cornisa y ya solo nos queda un descenso medio plácido hasta el Gouter. Son finalmente las 7:00h cuando llegamos de nuevo al refugio, hemos estado más de tres horas fuera, a la intemperie, y volvemos sanos y salvos, aunque algunos aún están medio congelados. Xavi no se ha recuperado del frío en ningún momento, y el duo Greg-Ivan tiene las mejillas medio heladas. (dos días más tarde Ivan aún comentaba que se notaba la piel de la cara medio acartonada e insensible). Llegados al refu, Greg aún tiene dos estalagtitas colgando de sus narices, el pobre, medio resfriado que iba. Yo no puedo descordar la cremallera de la chaqueta. Del vaho emitido directamente desde la boca, se ha producido hielo en ella y está bloqueando la cremallera. El frío aun es considerable y nadie se ha liberado de la mínima pieza de ropa o protección en toda la ruta. Empezamos a desmontar cosas, lo primero la cordada, y guardamos arneses y todo aquello que creemos que ya no va a hacer falta. Aprovecho para comer algo rápido, beber agua y poner una barra de caramelos Haribo a mano para poder ir rossegant algo con azúcar en el camino de bajada. Lo que sí que se queda en Gouter es el bastoncito roto. Paso de llevármelo y disimuladamente lo meto en dos trozos en una de las cajas de la sala de equiparse. Allí estará todavía, supongo. Salimos igual de equipados hacia abajo, hacia el Tete Rousse, misma chaqueta, mismo calzado, gorros, guantes, etc. A eso de las 7:30 ya estamos reemprendiendo camino y encarando la cornisa equipada con cuerdas que une los dos edificios del Gouter.

En seguida toca encaramarse a las clavijas, ruta muy entretenida e interesante, que disfruto bastante más de bajada ahora, pese al palizón que llevamos encima. El viento y el frío aún son infernales, pero el abrigo de las rocas minimiza el efecto del frío extremo que las ráfagas fuertes nos imponía más arriba. Con ayuda del piolet la bajada se hace hasta divertida, y encaramos ese tramo bastante eficazmente y a muy buen ritmo. Pasadas las clavijas, pasa algo realmente extraño y sorprendente. Un tramo de descenso no equipado resulta peligroso; rocas sueltas se proyectan hacia abajo con solo andar, la pendiente es bestial y conviene pasar uno a uno con bastante distancia para evitar accidentes. Así que, cuando el que va en cabeza (Xavi) ya ha pasado un saliente rocoso que le protege, puede encaramarse el siguiente (Ivan). Y así sucesivamente. Greg le sigue y luego voy yo. Tengo a Marc detrás y cuando paso le hago señal de que puede entrar. Sin embargo, por lo visto, me dijo algo del palo “voy a pasar por otro lado, doy la vuelta”, o parecido. Yo no lo escuché en absoluto, y andaba convencido que venía tras de mi. Sin embargo, con la distancia tan grande que habíamos dejado entre uno y otro, en muchos retranqueos íbamos solos. Yo mismo, a Greg, que iba por delante mio, apenas lo vi durante los próximos 15 minutos. En un punto de ese descenso veo que Greg está parado en una cornisa. Me pregunta donde está Marc y le digo que va detrás mio. Decidimos esperarlo porque, realmente, hace rato que no lo he avistado (imposible pues había tomado otra ruta alternativa a todo aquel retranqueo de piedras). Cuando han pasado otros 15 minutos empezamos a preocuparnos. No aparece. Como puede ser? Nos asomamos cornisa a bajo y vemos, casi encarando la bolera, al Ivan y al Xavi. Al rato, observamos que están sacando la segunda cuerda y la están extendiendo por el suelo, pero no vemos a nadie mas y no entendemos nada. Pienso que tal vez Ivan quiere encordarse en la bolera… Pero, y Marc donde anda? Decidimos subir otra vez, en busca del compañero, que tal vez ha tenido algun problema. Rehacemos camino cuesta arriba durante unos minutos, hasta que nos cruzamos con una gente. En inglés intento preguntarles y me dicen que no han visto a nadie en el camino. Subimos algo mas y a otro grupo, esta vez con un argentino en su equipo, les preguntamos de nuevo. El argentino nos explica bien y dice que no han visto a nadie, tampoco. En aquel momento el teléfono alcanza cobertura y suena (por lo visto Xavi llevaba rato intentando llamarnos). Nos pregunta que a donde estamos y que si pasa algo… Resulta que Marc está con ellos, ha bajado por otro lado. Greg y yo volvemos a bajar y ya no los alcanzaremos hasta Tete Rousse. Pasamos la bolera si demasiados problemas, hoy hay menos lluvia de piedras que ayer. Sin embargo, una vez pasada la bolera un buen pedrolo pasa rodando por delante de mí, apenas a un par de metros. Un sustillo.

Llegamos a Tete Rousse y allí Ivan y compañía se han quitado las botas, se han plantado unos crocs y están de relax. Nos explican lo ocurrido, que el petardo del Marc ha bajado por otro lugar alternativo, una pala de nieve con mucha pendiente. Por lo visto, llegado al camino, tropezó y casi cae rampa abajo. Consiguió sostener con manos y grampones (lo del piolet como sistema de freno por lo visto no le salió de hacerlo y tal), quedando sujeto por una cornisilla ridícula de piedra en equilibrio precario, boca arriba, en una situación bastante inestable en la cual no se veía capaz de reemprender la posición y volver a subir. He aquí donde el piolet justifica su carreteo en dichas alturas. Ivan y Xavi me estuvieron llamando a viva voz para ejecutar un rescate pues, al parecer, Marc no tenía ni opción de moverse demasiado para no irse para abajo. Me llamaron por teléfono también, pero mi móvil estaba sin batería (el frío extremo descarga las baterías, y yo sin saberlo…). Vaya tela de situación tonta; el tipo que lleva los polipastos y sistemas de anclaje (yo mismo), no está en la zona del accidente... Al final, en vista que Greg y yo no aparecíamos, decidieron rescatar ellos y, por ello, los vimos manipulando la cuerda azul que Ivan carreteaba en su mochila. De forma improvisada y con los escasos medios que disponían, le lanzaron un bucle para que se lo atara en la cintura para poder izarlo. Algo hizo mal al atarse la cuerda cuando, al empezar a izarlo a pulso totalmente (ni polipasto, ni piolet clavado, ni nada, pobres) la cuerda le quedó mal atravesada entre sobaco y cuello. Parece que, igualmente, pudieron izarlo hasta el camino y el chaval, por lo visto, subió bastante en estado de shock…

El viento prosigue pero son ya las 9:00h y el sol empieza a calentar algo más. La sensación térmica no es ni mucho menos tan extrema. En el refugio dejo la mitad del equipo en la zona de entrada, me pillo un par de crocs roñosos de esos y me preparo comida para ir al comedor del refugio. Hablo con un argentino solitario y con una chica que están por allí muy pendientes de una movida inesperada; los helicópteros están abasteciendo el refugio y van haciendo viajes desde Chamonix. Cargan minicontenedores de rafia llenitos de botellas de agua, latas, etc. que son descargados en el llano antes de la entrada. Otra chica muy majeta (de los responsables del refugio) nos da indicaciones y  está allí a fuera controlando la operación. Paso de todo esto, aunque es espectacular de ver, y me meto para adentro con una lata de ensalada de pasta y atún y un tenedor. Me lío a comer y, ahora sí, empiezo a tener una hambre de lobo. Rapiño otros manjares varios de mis compañeros, pan, fuet, etc. Estamos casi una hora en Tete Rousse, entre descanso, comer algo y volver a reequiparnos… Yo mismo decido cambiarme de nuevo algunas cosas y dejar algun material de frio. El plumas, por ejemplo, queda guardado ya. Cambio el pantalón impermeable de ultra alpinismo y me quito las mallas térmicas y me pongo el otro pantalón, mas cutre, del dia anterior. Los guantes, eso sí, seguirán siendo los potentes. Buf, gorro, aun se mantienen. El descenso es cada vez más cómodo y a partir de ese punto los peligros o peripecias ya son imposibles; se trata sencillamente de contar con las fuerzas suficientes como para bajar con cierta dignidad. El sol va aprentando y, por lo tanto, ablandando la nieve, lo cual dificulta el avance cómodo, pero por lo demás, sencillamente se trata de ponerse crema solar por un tubo, ir guardando ropa de abrigo en el mochilón e intentar no torcerse un tobillo en el ajetreo del descenso.

Llegados a Nid d'Aigle nuevamente, la aventura está acabada. Los que disponen de otro calzado se cambian; Ivan y yo seguimos con los botones grandes, cosa que realmente jode bastante, hasta abajo del todo. Ahora toca andar por las vías del cremallera, primero nevadas y luego descubiertas, tortuosamente llenas de pedrotes que, dado como llevamos los pies a estas alturas del viaje, joroban bastante. El camino se hace largo, por Buda, pero finalmente llegamos al descampado de abajo del todo, donde hay un restaurante (cerrado, para nuestra desgracia), y hacemos una parada técnica de descanso. Marc se despide de nosotros aquí, pues el tiene que tomar otro camino para llegar al pueblo donde viven sus colegas y allí nuestros caminos se separan. Nos despedimos emocionadamente, felicitándonos por la gesta conseguida: no hemos subido arriba del todo pero nos apuntamos la antecima, la Dome du Gouter, y superamos nuestra cota máxima. Se trata de ver el vaso medio lleno, y no medio vacío...

Tras el descanso, Greg, Xavi, Ivan y yo mismo tomamos el camino que, el dia anterior, la mujer había hecho a todo trapo con el Jeep. Se nos hace largo y pesado, pero en mi caso concreto, pese al cansancio extremo, voy muy bien. La bajada nunca es problema para mí, ciertamente, al no tener que carretear el peso del cuerpo cuesta arriba (que es donde realmente se hace esfuerzo); no tengo heridas en los pies, ni ampollas, ni nada parecido; de respiración y aguante voy bien y ni siquiera me han aparecido aún las agujetas de marras. Llegamos a la casa rural de la franchuti por la tarde, a eso de las 16h o así. Tiene gente alojada en la casa también, que están tomando algo en la terraza. Nos sentamos también y nos tomamos unas birras, acompañadas de algunas patatas, olivas y alguna otra cosa que improvisa la mujer. Nos sientan de maravilla, para qué no decirlo. Estamos destrozados, tenemos que recogerlo todo, ducharnos por fin y descansar. Le hemos dicho a la mujer que no cenaremos en su casa, nos apetece bajar a Chamonix a dar un paseo y despejarnos. Tras las duchas de rigor, recogemos bártulos lo mejor posible y marchamos para el pueblo. Ni rastro de muestras de cansancio en aquel momento, tengo una especie de subidón raro que me da la (falsa) sensación de poder volver a coger el camino de subida. Y no es efecto de ninguna substancia extraña, no más adictiva que la Estela Artois...

Vuelta de rigor por Chamonix, jarras de cerveza de medio litro en un par de sitios, compra de algun recuerdo para los enanos, cena rápida en un garito que ya conocíamos de nuestra anterior visita a Chamonix (de cuando hicimos el Grand Paradís) y vuelta a la casa rural. La sobada sobre una cama mínimamente decente es de campeonato, pero nuestra idea igualmente es levantarnos pronto para en seguida coger carretera y manta, y así poder llegar a destino a una hora razonable. 


Domingo, 9 de Junio.


Estamos a domingo, por lo que el dia siguiente es laborable, y hay que estar algo recuperado para currar con cierta dignidad, así que decidimos no entretenernos demasiado en el viaje de vuelta, que aún nos esperan unas 8 o 9 horitas de coche.  Eso sí, a primerísima hora de la mañana toca despedida con el Xavi, que tiene que volver con su moto y como la previsión de lluvia es más que probable, por lo que quiere salir lo antes posible para intentar no mojarse de camino. Despedida con el Xavi, luego también con la señora simpática de la casa rural y toca iniciar el regreso, esta vez sin pasar por Chamonix, directos al sur. 

Al rato, al no haber desayunado nada en la casa de la franchuti, decidimos una parada de rigor para desayunar algo y comprar alguna cosilla en la ciudad de Grenoble. En todo el centro de la ciudad, en la zona del mercado (que está en plena actividad pese a ser domingo), encontramos una cafetería aceptable, con un aire francés bastante auténtico y con un camarero que me recuerda vagamente a la serie Allò-Allò, nos sirve una señora con pinta de hippie. Allí me tomo un cafeolé y un aunténticamente franchuti croissant; luego damos una pequeña vuelta por la zona y mis compañeros se pillan un queso francés (no recuerdo cual, pero no era Gruyere) y pan de pagès. Yo decido no comprar nada más, la economía ya no da más de sí. Reemprendemos camino y ahora sí, pillamos la directa y ya no soltamos coche hasta una parada a mediodía, a la hora de comer, en la misma area de servicio que estuvimos al regreso del Grand Paradís, a la altura de Montpeller o incluso antes. Comemos allí un menú rápido, una especie de plato combinado, y en seguida retomamos camino, ahora ya sí, directos a Molins de Rei, punto final de la aventura, donde Ivan me deja en casa y se va a llevar a Greg a la suya. Tot va bé si acaba bé, que se dice en catalán. Pues bien, pese al evidente sabor amargo de no haber podido subir arriba del todo, mi sensación a la vuelta es de éxito rotundo, tanto por haber conseguido estar en la Dome du Gouter a 4.300 metros, como de nuestra organización de la expedición (en ocasiones mejorable, pero bueno) como de nuestra condición física y mental ante las adversidades.