sábado, 22 de octubre de 2011

Aventurilla jodida en el Cadí

VULTURÓ POR LA CANAL DE CRISTALL (16/10/11)


Bueno pues esta es la narración de una aventurilla trepidante, una de las más heavys que he vivido en la montaña, quizás. Llevábamos meses planificando la salida, y mirando posibles rutas y caminos, pero nunca hubiera podido imaginarme que las cosas acabarían tal y como acabaron.

Empecemos por el principio. El grupejo “muntanyeru” que últimamente hemos configurado, con el Angulo, el Ivan, el Xavier, el Marc, el Carles y un servidor, esta vez se amplió bastante pues hubo nuevas incorporaciones que ya comentamos entre nosotros via mail previamente. Debutarían, pues, dos amigas de la colla de Ullà, la Neus y la Nuri, un pariente del Carles, el Jose Luís, y mi hermano Adrià. Sin embargo, éste fue baja de última hora, así que nos quedamos en los 9 citados antes. La propuesta de ruta fue mía, ya que buscábamos una ruta rápidamente accesible desde Barcelona. El Ivan sugirió repetir alguna ruta, tipo Pedraforca o Carlit, pero yo pensaba que, viniendo como veníamos de hacer la Pica, no podíamos bajar tanto el listón y debíamos seguir en la línea de montaña más durilla. Por eso me vino a la mente la cara norte del Cadí, tan heavy, tan salvaje, tan “vertical”. Estuve mirando rutas posibles por Internet, en libros o guías, y acabé decidiéndome por una ruta más conservadora. Salir desde Estana hacia la Canal de Cristall, crestear hasta alcanzar el Vulturó y regresar por la Canal del Quer, una canal intermedia algo más complicadilla pero que, según leí, no requería de material extra (cuerdas, arneses y tal) y podía hacerse fácilmente “a pelo”.

El día 16 de octubre, una fecha quizás tardía (que habíamos retrasado por varios motivos que no vienen al caso) era sin embargo una jornada ideal. El tiempo era excelente, y pese a estar a mitad de octubre, no había ni gota de nieve en Cadí, Pre-pirineo y Pirineo Central. Perfecto, pues, para encarar la potente canal de Cristall, cara norte del Cadí.

Quedamos, pues, en Martinet, habiendo salido el Ivan y yo de Molins de Rei a eso de las 5:15 de la mañana. Recogimos al Angulo en Sant Andreu y carretera y manta. Llegamos a Martinet a las 7:15, y en breve, cual si nos hubiéramos sincronizado a la perfección, llegaron los otros dos coches; de Ullà, el Marc, el Xavi, la Neus y la Nuri; de Barcelona, el Carles, el José Luis y… el Marc petit, el hijo del Carles.

Esta última incorporación me sorprendió, la verdad, pues no contaba yo con tener que hacer la ruta que habíamos planeado con un chaval de 12 años. No sabía si el muchacho sería un crack en la montaña o no pero con críos los riesgos siempre deben ser los mínimos. Así que una leve sombra de preocupación empezó a inundar mi mente desde ese momento, almorzando un croissant y un café con leche en un bareto de Martinet.

Tras las debidas presentaciones, partimos hacia Estana y allí, a mitad de pueblo, aparcamos. Nos equipamos e iniciamos la marcha, poniéndonos el Angulo y yo a la cabeza. El Angle había ido por aquella zona una vez, llegando hasta el Prat de Cadí, lugar de nuestro destino inmmediato. Seguimos las trazas de un PR, amarillo y blanco, por una senda evidente y sin demasiadas complicaciones. En apenas una horita, llegamos al Prat de Cadí, una especie de prado impresionante rodeado de abetos y pinos negros en una curiosa forma circular. Desde allí, nos entretenemos en detectar las diferentes canales. Sin problemas, identificamos la Canal de Cristall (yo había visto unas fotos en un blog en Internet), y el mapa no presentaba duda alguna. Vemos también la Canal del Quer, la de bajada, y la de l’Ortiguer que, según me había informado, era imposible hacer sin equipo extra.

Sin más dilación, encaramos la canal que, en seguida, empieza a mostrarse costeruda. La pendiente asciende vertiginosamente, hasta límites insospechados, y el camino se va embarullando de piedras sueltas, a modo de tartera que hay que saltear de la mejor forma posible. El grupo de cabeza, que en seguida se destacó a gran distancia del “pelotón”, éramos el Marc, el Xavier y yo. Decidimos hacerlo para espaciar bastante nuestras subidas y no andar echando pedruscos a los pobres de abajo. Sin embargo, esto quizás fue un error porque los de atrás ni siquiera pudieron ver por donde trazamos la ruta, que hicimos totalmente pegados a la pared (para facilitar el ascenso con las manos y minimizar el efecto de los terribles resbalones entre piedra suelta). Algunos de ellos los vi subir por el medio de la tartera, resbalando, cansándose más de lo necesario. Cuando el Marc, el Xavi y yo alcanzamos el collado, arriba del todo de la canal, en la cresta, ni siquiera alcanzábamos a ver el grupo de retaguardia (el del Marc petit). Miré el reloj, eran las 11. Los tiempos no se iban a cumplir ni de coña tal y como yo los había planificado. En seguida subieron el Ivan, el Angulo y el Jose Luis. A eso de la media, subieron las chicas, pero hasta las 12:15 no alcanzaron el collado el Carles y el Marc petit. El chaval estaba hecho polvo, la verdad. Lo estuve observando desde arriba, mientras almorzaba un bocata de salchichón y una Coke, y realmente me pareció que estaba sufriendo mucho con la subida. Tuvimos que indicarles a grito pelado desde el collado el itinerario más óptimo, pero eso tampoco les ayudaba a subir más rápido.

Cuando llegaron, se detuvieron a almorzar también, evidentemente, pero las agujas del reloj seguían corriendo. Visto lo visto, quise puntualizar que la canal del Quer iba a ser más chunga que la de Cristall, que acabábamos de subir. Incluso insinué la posibilidad de descender por la misma, para evitar más sufrimientos al chaval, pero empezamos a mirar mapas y más mapas y alguien propuso bajar por la canal Baridana. Estaba trazada por una ruta evidente, más clara que la del Quer y, según habíamos leído, era más asequible. Sin embargo, esta ruta yo no la había estudiado y existían dos opciones de regresar a Estana desde la Canal Baridana. Una, un camino difuso que, a mitad de canal, marchaba hacia el E a buscar de nuevo el Prat de Cadí; dos, continuar bajando hasta el Querforadat y, desde allí, seguir un GR hasta Estana.

Nos decantamos por la primera opción (craso error!), por parecernos más viable y cómoda.

Así, una vez almorzado todo el mundo en el collado, seguimos la carena en dirección W, a buscar el Puig de la Canal Baridana o Vulturó, de 2647 m., la cumbre de la sierra del Cadí y del prepirineo en general. El camino era llano totalmente, fácil, sin pendiente alguna. Nos asomamos a la Canal del Quer, la que yo había pensado usar para el descenso, pero me pareció imposible que el Marc petit pudiera bajar por allí, así que nos refrendamos en la idea de la canal Baridana. Nos apartamos de la carena para ir a subir al Vulturó, apartado de la línea de cumbres, pero nuestro ritmo no era compatible con los pies del Marc petit. En 15 minutos, la distancia a la que los habíamos dejado en llano era inmensa. Ahí, mi preocupación inicial empezó a agudizarse. Eran pasadas las 13:30 cuando estaba yo escribiendo unas paridas en la hoja de piadas de la cumbre, guardada en forma de libreta en una caja metálica resguardada con un pedrusco. El Carles y el Marc petit ni siquiera se acercaron a la cumbre, los repescamos de vuelta para el W, cuando fuimos a buscar la bajada de la Canal Baridana. Señalizada con un simple palo en el mismo collado, más marcado geográficamente imposible, cuando le eché el primer vistazo me ilusioné pues la bajada era todo tartera y pensé que, al menos, no iban a haber pasos técnicos que ralentizaran la marcha.

Empezamos a bajar de inmediato y un grupo formado por el Marc, el Xavi, el Ivan y el Jose Luis tiraron millas, al más puro estilo Snowboard, “surfeando” por las piedras tal cual como se suele hacer en la tartera del Pedraforca. El Angulo y yo decidimos quedarnos en la retaguardia, para ayudar a las chicas y al Marc petit que, de buenas a primeras, empezó a descender la tartera con el culo pegao a la piedra, en plan tobogán (inviable en cualquier circunstancia). El Angulo y yo íbamos por delante intentando dirigir un poco la marcha; por aquí, por allá, ahora este lado, ahora este otro… Sin embargo, comprensiblemente, ellos estaban más preocupados por no “deixar-s’hi la carcajada” y poco caso hacían de nuestras recomendaciones. El Angulo reculó aún más para ayudar al Marc petit dándole la mano, aguantándolo con el bastonet, etc. Y yo, por delante de las chicas, no hacía más que recibir pedradas de su descenso. Así que, llegado un momento dije “prou!”, y empecé a bajar a saco por la canal, surfeando también, a velocidad peligrosa y vertiginosa. En seguida alcancé al grupo replegado a mitad de canal, junto a unas “fitas” de color rojo que, hacia la derecha, se internaban en el bosque mediante la única señalización con pilas de mojones.

Allí decidimos comer. Eran las 14:20 cuando yo llegué y como no tenía otra Coke, me metí el Red Bull de emergencia que últimamente me ha dado por llevar a la montaña (una idea-recomendación del Ivan). Nuestra mirada no alcanzaba a distinguir ni siquiera las diminutas siluetas del Marc petit, su padre y el Angulo. El tiempo corría a pasos agigantados, y su avance era lento, muy lento. A eso de las 15:00 llegaron las chicas, y también papearon. El Xavi se fue de nuevo para arriba a ayudar, demostrando que a estas alturas aún le quedaban piernas de sobra para remontar la tartera. Mientras, el Ivan y yo reconocíamos el terreno para asegurar la ruta pues, ya entonces, no la veíamos nada clara. No fue hasta las 15:40 en que llegó el grupo de retaguardia, cansado y hecho polvo, con un Marc petit desencajao, y un Angulo que se había portado como un campeón. Sin embargo, lo peor aún estaba por llegar.

Comieron en apenas un cuarto de hora y en seguida nos dispusimos a seguir el camino de mojones. En principio era bastante evidente pero llegado a un punto, se perdía en varias direcciones. Hubo un par de cruces traicioneros que nos hicieron dudar y, tras seguir la pista durante media hora, el camino se perdió irremediablemente en la montaña. Buscamos por todas partes una senda pero realmente, el camino estaba impracticable. Árboles caídos, piedras, ramas, etc. En algún punto habíamos bajado demasiado, así que nos replegamos en una canal y nos planteamos si bajarla a saco hasta el Querforadat o subir por la misma para recuperar el camino. Nos decidimos en seguida por esta segunda opción.
El Ivan y el Marc se adelantaron a buscar la pista correcta, mientras yo me quedaba a media altura en la canal para hacer de enlace con el “pelotón” que, de momento, permaneció abajo a la espera. Hallaron un paso marcado perpendicular al río, y mi altímetro marcaba una cota muy similar. Era claramente el camino que no tendríamos que haber abandonado. Lo rehice un trozo al W para comprobar si era el bueno mientras el pelotón subía y, en efecto, continuaba en una línea paralela a la carena a una misma cota. Por tanto, lo tomamos al E, paralelos a la línea de carena, con la referencia de mi brújula y del GPS del móvil del Marc (que, para mas inri, estaba casi sin batería). La senda iba perdiéndose y regresando a ratos, en algún punto desaparecía completamente a nuestra vista y era una tarea complicada ir trazando el rumbo. Empezó el Ivan, pues, con tan difícil labor, abriendo camino por delante. Avanzábamos en “acordeón”, debido a la lentitud de la retaguardia pues el pobre Marc petit iba ya echo polvo, y solo le faltó aquel caminito tortuoso y complicado en el que había que ir saltando piedras y árboles. Por suerte, a parte de que se veía claramente la línea de cumbres para orientarnos, a ratos también podíamos orientar el mapa con la vista hacia el Norte pues, en ocasiones, veíamos el Querforadat y el valle de en frente. El Ivan cedió el puesto de vanguardia al rato, supongo que cansado de la tensión mental que tenía el que abría via por un camino casi inexistente. La idea era, pues, avanzar siempre hacia el Este manteniendo la cota, sin bajar nada, para hallar el camino de la canal en perpendicular en algún momento u otro. El Marc y yo, con el mapa y el GPS, contamos las canales que debíamos cruzar y eran cuatro. Habíamos superado sólo una, así que calculamos que aquello iba para largo. Y cada vez era más tarde.

El Marc tomó la delantera un rato también, abriendo camino. Los que íbamos inmediatamente detrás, el Angulo y yo, íbamos abriendo vía, apartando árboles, rompiendo ramas, para facilitar el paso del Marc petit, básicamente. Además, fuimos montando pilas de mojones cada ciertos metros, para que los de atrás supieran por donde habíamos pasado y no nos separáramos. El avance era lento pues la cabeza debía detenerse a menudo para replegarnos mínimamente. En uno de estos repliegues, el Marc cedió la cabeza, cansado también de abrir vía, al Xavier. A éste, creo, le tocó la peor parte de la senda, la que cruzó dos canales algo más jodidas en las que el camino estaba completamente perdido en ocasiones. Sin bajar de cota (mi altímetro estaba siempre en torno a los 1900 m) seguimos avanzando al E. Luego, hastiado, el Xavier cedió la cabeza al Angulo. Avanzamos unos metros más, alcanzando un pequeño repecho de mirador que no nos clarificó demasiado las cosas. Según los cálculos del Marc y míos, detrás de aquella vaguada debía estar el Prat de Cadí. En este último tramo me puse yo a la cabeza, avanzando esta vez rapidísimo pues eran casi las 19:00h i apenas nos quedaba media hora de claridad. Si nos pillaba la noche en aquella senda, fijo que nos tocaba hacer “vivac” en el bosque pues hubiera sido imposible mantener las referencias.

Cuando alcancé un pequeño repecho, en busca del camino que se había vuelto a perder, y alcé la vista, pude vislumbrar el terreno marronoso del suelo sin vegetación del Prat de Cadí, en su lado más al N. Aquel momento fue de una satisfacción increible, Ya lo teníamos! No había pérdida posible, ahora teníamos que decidir si lo encarábamos a saco, por la vaguada que teníamos en frente, o si buscabamos mantener la cota hasta dar con el lado más meridional del prado. El Marc aportó el dato definitivo: recordaba que el camino encaraba el prado desde el NW, por tanto, debía hallarse al fondo de esa misma vaguada. Miramos el mapa y era cierto: sólo teníamos que bajar en linea recta, bosque a través, para acabar dando con el.

A las 19:30, por fin, pudimos ver la tierra rojiza del camino, el PR, de Estana a Prat de Cadí. Increible, genial, alucinante, emocionante… Me faltan los adjetivos para describir la sensación de llegar al camino con un cielo casi ennegrecido. Si llegamos a ir veinte minutos más tarde, no se qué hubiera podido pasar. Tal vez hubieramos acabado dando con el camino, más arriba. Tal vez hubiera tocado dormir en el monte. De hecho, yo llevaba rato haciendo cábalas sobre esa posibilidad (básicamente, haciendome una lista mental de todo lo que teníamos de utilidad: el frontal del Angulo; dos mantas térmicas del Angulo y mia; fuego pues el Angulo, fumador, siempre lleva su mecherito; comida de sobras; mi ropa térmica guardada en la mochila; agua de sobras…)

No hizo falta todo eso, pardiez! Con oscuridad incipiente, el Angulo y yo empezamos a avanzar dirección Norte para confirmar que el camino era el correcto, en busca de señas de PR. Nos costó de encontrarlas, pero verlas fue la confirmación que todos nuestros cálculos eran correctos. Tiramos del carro y, casi a plena noche, antes de las 20:00h, llegamos a Estana sanos y salvos. A los 20 minutos ya estábamos todos sentados en un bareto de allí, tomando unas coca-colas y unas birritas, riendo y recordando la batallita. El Marc petit estaba destrozao completamente, pobre, pero había aguantado como un campeón el palizón que le habíamos dado. Cuando le preguntamos si volvería a ir a la montaña con su padre fue rotundo. No. Para nada. Nunca mais…

Pero ya lo dicen, “tot va bé si acaba bé”. Y acabó muy bien, orgullosos por nuestro comportamiento de grupo en una situación complicada como aquella, con la sensación de haber hecho una ruta increible, irrepetible, en el salvaje y totalmente infravalorado Cadí.